13.300 días

Aunque hace mucho que empecé a contar mis días, hasta este año no empecé a celebrarlos públicamente. Hace 300 días, celebré mis 13.000 días cenando con mi familia, justo antes de que se materializara la amenaza de la pandemia en la forma de un estricto confinamiento. Los 13.100 los comenté aquí tras haber pasado lo más duro de la primera ola y el confinamiento más estricto. Los 13.200 se me escaparon sin darme cuenta, llevado por la vorágine de preparar una atípica vuelta al cole. Pero no quería perder esta nueva costumbre, de revisar lo vivido cada centenar de días.

Estos 13.300 coinciden con un solsticio de invierno que nuestra cultura ha convertido en símbolo de renacimiento. Y este año que acaba, con el cataclismo mundial que lo ha caracterizado, puede haber supuesto un punto de inflexión para la humanidad. Sin embargo, me puede mi escepticismo y, de la misma forma que las buenas intenciones y los optimistas propósitos que acompañan a las celebraciones familiares de estos días están cada vez más sumergidos bajo una dinámica de consumismo y compromisos sociales de los que nos sentimos esclavos, la esperanza de que la crisis del coronavirus aporte un poco más de humanismo y vitalismo a nuestra sociedad puede verse enfangada en los lodos del egoísmo y el etnocentrismo de sociedades que se van a pelear por las migajas de un viejo pastel que está acabándose y para el que no quedan ingredientes con los que concinarse de nuevo.

Pero mi optimismo siempre será más grande (quienes me conocen saben que uno de mis lemas es «piensa bien y acertarás»). Y no me quiero resistir a la ilusión que tengo de renacer (otra vez más) de las cenizas de este año. Un año en el que la soledad se ha hecho obligatoriamente más solitaria, en el que mis amigos se han alejado geográficamente y en el que a todos se nos ha echo un poco más difícil el complicado arte de ganarse la vida. En este desgraciado año siento que he crecido, que he ganado más salud, más libertad y más felicidad. También he podido comprobar que sé amar mejor de lo que lo he hecho nunca y que tengo muchísimo amor para dar a las personas de mi alrededor. Y hace pocos días, en una situación que me hizo sentirme parte de algo más grande, confirmé que soy el tipo de persona con el que la gente se para a hablar cuando me encuentra por la calle.

Seguiré contando mís días (siempre que me acuerde) y celebrando cada día de mi vida. Por eso, si me ves canturreando por la calle o se me nota la sonrisa por debajo de la mascarilla, no te extrañes, es porque estoy de celebración. Me sentiré agradecido por cada día más con las personas que me quieren (y que ellas también cumplan muchos días más). Mis recuerdos a mi tío, que ahora está en el hospital contando cada día que pasa con un cuidadoso detalle, después de que, de un día para otro, nos sorprendiera a todos con la antigua noticia de que esta vida, que de pura costumbre parece tan eterna, es fragil y temporal.

Somos provisionales y nuestro destino es el vacío y el olvido. Pero, mientras viva, este nihilista optimista seguirá celebrando cada día de esta vida como la extraordinaria casualidad que es.

Vivir a mil por día

Cada día que amanezco celebro la vida. Algunos días con más efusividad que otros. Algunos días con más sufrimiento que otros. Pero, dentro mi limitada capacidad humana, hago lo posible por tener en cuenta, y contar, cada día que pasa.

Hoy, cumplo 13.000 días de vida. Sólo es un día más, como el resto. Pero siendo consciente de la cuenta, y dejándome llevar por la afortunadamente poética redondez del número, he decidido hacer mi íntima celebración cotidiana algo más pública y dedicar esta noche un poco de tiempo para conmemorarlo con las personas que más me quieren.

Y al mismo tiempo, con este texto, compartir mi serena alegría con toda aquella persona que me lea. Muchas de las cuales, aunque no me acompañen hoy en el espacio y el tiempo, sé que me aprecian y me incluyen entre las personas con nombre propio que forman parte de sus biografías.

Como bien sabe una de las poquísimas personas que me conocen de verdad, siempre hago esta cuenta con una doble perspectiva: un día más, y un día menos. Esta cuenta que avanza de uno en uno (o de cien en cien, en esas épocas en que me siento tan débil que no tengo ni fuerzas para seguir contando que estoy vivo) es también una cuenta atrás extraña, de una cantidad total desconocida. Sé que cada día que pasa es un día menos hasta el que será el último. Y este instrumento de medida me resulta especialmente útil para disfrutar, todavía más si cabe, cada nuevo día.

Como le decía a alguien hace unos meses, hace ya bastantes miles de días que aprendí a morirme y lo considero uno de los mejores aprendizajes que he hecho en la vida. Y en este curso de formación continua en el arte de vivir que estoy haciendo, sigo aprendiendo y creciendo y madurando, sobre todo cuando los cambios que están más allá de mi control me ofrecen nuevos horizontes que explorar.Quiero hacer público mi agradecimiento a todas las personas que han estado un día, o varios, o muchos de ellos, conmigo, compartiendo parte del viaje que hacemos todos dando vueltas en espiral por el universo subidos a esta canica azul.

Deseo contar muchos más días en compañía vuestra y que todos juntos sigamos celebrando la vida.

Recetas para una larga vida

Las tiendas, grandes o pequeñas, pueden servir como un espejo que refleja lo que la sociedad es en tanto que, salvo por el pequeño sesgo provocado por la segmentación del distribuidor, por el marketing del fabricante o por los ciclos de mercado, por lo general, lo que se ofrece es idéntico a lo que se compra.

Por ejemplo, yo no bebo cerveza o refrescos, pero el espacio que tienen en cualquier tienda es un claro reflejo de su peso en la dieta habitual de mis vecinos. Más extrañas, quizá por lo exótico o lo desconocido, me resultan otras categorías de producto. Pero si están es porque se venden.

Llevado a un ámbito más intelectual, si uno se da un paseo por una librería, o por la sección correspondiente de una gran superficie, se nota la enorme presencia que tienen secciones como los libros de cocina o de autoayuda. La “no ficción” ha pasado de ser la pata pequeña del negocio editorial a tener un peso similar o superior al de las obras literarias. Y es que parece que tenemos interés por aprender a vivir mejor.

En mi opinión, este interés es una muy buena señal. Pese a la cantidad de malos libros que puedan abundar en el género (al igual que sucede con la literatura), esos estantes son la muestra de que existe una sociedad que quiere aprender a comer más sano, o a tener una vida sexual más satisfactoria, o a comprender mejor cómo funciona su mente, o a tener una mejores relaciones familiares, o a disfrutar de un mayor éxito económico…

La contradicción es irónica. La misma sociedad que que se atiborra de alcohol y bebidas azucaradas quieres ser más sana, más productiva y más feliz. Pero esa es la sociedad en la que vivimos. Y los espacios comerciales son un buen espejo para conocerla.

Con el inicio del nuevo año, yo me he puesto también a repasar recetarios para vivir mejor. Uno de mis recursos preferidos para descubrir ideas nuevas y potentes son las conferencias de la plataforma TED. Precisamente allí redescubrí una potente receta para vivir de la que había sabido hacía mucho tiempo.

Hace muchos años, leí en la edición española de la National Geographic el artículo que escribió Dan Buettner sobre las zonas con mayor longevidad del mundo. En el reportaje, intentaba descubrir lo que tenían en común estas comunidades de personas que lograban alcanzar la mayor esperanza de vida. Comenzando el año, descubrí la conferencia que el mismo autor hizo para TED y de la que comparto aquí el enlace.

En esta gráfica, resume las conclusiones de su experiencia conociendo a las personas que viven estas “zonas azules” de la longevidad.

Lo que más me asombra es que la base se fundamenta en el tejido social, en las relaciones de pertenencia que establece la comunidad, codificadas en unos aspectos culturales diversos pero que comparten una misma función, integrar al individuo en una comunidad que lo acompaña y lo ampara.

En esto, las tiendas también son reflejo de la sociedad. La comunidad no se vende, ni se compra. Vivimos en una sociedad cada vez más individualizada y el esfuerzo que las nuevas generaciones tienen que hacer para establecer relaciones sociales es cada vez mayor. Mientras, los jóvenes permanecen enganchados a las redes sociales virtuales porque carecen de una alternativa analógica que satisfaga esa necesidad natural de la que, como demuestra Buettner, depende nuestra supervivencia.

Como sociedad, tenemos el reto de reconfigurar nuestras comunidades para ayudar a que cada persona encuentre su tribu.

Entrenamiento para la comunicación en público

Uno de los retos a los que nos enfrentamos con cada vez mayor frecuencia en cualquier tipo de entorno profesional es con situaciones en las que nos tenemos que comunicar en público. Puede que sea ante un grupo de compañeros del trabajo o ante auditorios con cientos de personas. Pero, sea cual sea la audiencia, es habitual sentir nervios y tensión ante estas situaciones comunicativas; y, en algunos casos, incluso pánico y un intenso estrés.

Sin embargo, la habilidad de comunicarnos con eficacia y de realizar presentaciones capaces de cautivar, convencer y transformar a otras personas, es cada vez más útil en unas organizaciones que necesitan estar en constante proceso de aprendizaje para adaptarse a un entorno cambiante. De los distintos objetivos que nos pueden obligar a realizar una comunicación en público, liderar el aprendizaje en la organización (que implica transmitir conocimientos y motivar el cambio) es el más habitual, y el más demandado por todo tipo de empresas e instituciones.

Las personas capaces de comunicarse mejor y de realizar presentaciones eficaces tardan poco en destacar en sus organizaciones, convirtiéndose en líderes de los proyectos que implican innovar y transformar los modelos tradicionales de funcionar. Por ello, estoy convencido de que si hay algo que pueda ayudar a cualquier profesional a progresar inmediatamente en su trabajo, es la mejora de sus habilidades de comunicación en público.

Por ello, de los distintos programas de entrenamiento continuo que forman Gymnos, vamos a comenzar con Gymnos Retórica, un gimnasio para entrenar en grupo la comunicación en público. La ventaja de este programa es que ofrece a sus integrantes la oportunidad de practicar la comunicación en público con ejercicios en los que se tendrá que poner frente al resto del grupo e improvisar, argumentar, presentarse, cautivar o mover a la acción.

Este sábado 30 de junio, vamos a realizar la presentación y primera edición de Gymnos Retórica. ¿Te interesaría conocer este proyecto? Aun quedan algunas plazas para reservar, pero cada vez son menos. Entra la página web de Socrática y rellena el formulario.