Después de tantos intentos malogrados, es difícil no sentirse un poco ridículo intentando definir la felicidad. Así que voy a empezar por dejar muy claro lo que no es. La felicidad no es una emoción.

Ni la alegría, ni el placer, ni el alivio, ni la excitación, ni el éxtasis, ni ninguna de las otras emociones tiene nada que ver con la felicidad. Puede haber felicidad en el miedo y la aflicción, puede haber felicidad en la ira y la tristeza. ¿Es que no hay emociones en la felicidad? Claro que sí, pero porque toda nuestra experiencia vital está en la felicidad. La felicidad abarca todas nuestras dimensiones, no sólo la emocional.

La felicidad tampoco es el objetivo al que dirigimos nuestra vida. La felicidad no está en los resultados o en los logros. Esa meta, la persona en la que aspiramos a convertirnos, es la visión que nos mueve a cambiar lo que somos.

Y la felicidad tampoco es algo que se pueda tener. No consiste en ninguna entidad, ni material ni inmaterial. La felicidad no es una idea que se pueda descubrir o transmitir. Esto es así porque la felicidad se practica, se ejerce. La felicidad es como la energía que ilumina las ciudades, sólo existe mientras se produce. No hay pilas que puedan guardar la energía que mueve nuestra civilización. Y no hay depósito, humano o divino, donde pueda almacenarse la felicidad.

¿Cómo se produce la felicidad? Alineando nuestros niveles de consciencia, ganando una mayor coherencia entre lo que sabemos hacer, lo que hacemos y el entorno en el que vivimos. La incoherencia entre estas dimensiones de nuestra personalidad produce un valor negativo en nuestra felicidad. Actuar de manera distinta a como pensamos, vivir en un contexto que no nos permite ser quienes somos de verdad, no hacer nada para acercarnos a lo que queremos conseguir en nuestra vida…, todas nuestras incoherencias vitales producen infelicidad.

Y desde el primer momento en que empezamos a actuar para que estas dimensiones se alineen en un eje que dirija nuestra vida a la visión ideal que tenemos, por pequeño que sea el cambio que se obtenga, se producirá un valor positivo de felicidad. La felicidad se produce en ese movimiento, en esa transformación personal que nos acerca a nuestro destino. Y, aunque nunca se llegue a alcanzar ese destino, aunque no terminemos de alinear perfectamente nuestros niveles de consciencia a lo largo de toda nuestra vida, habremos vivido felices.

La felicidad no está en distintas cosas para unas personas u otras, es que las personas somos diferentes, tenemos distintos valores, creencias y capacidades. La felicidad es la misma para todo el mundo, pero cada uno tiene que producirla a su manera, en función de quién es de verdad y de quién quiere llegar a ser.

Y si resulta que he acertado con esta definición de felicidad, pues bien. Y si no, pues seguiré moviéndome y buscando. Pero que quede claro que, desde mi punto de vista, la felicidad no es una emoción.

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