El estoicismo se está poniendo de moda, lo que me llama mucho la atención. Porque, por un lado, tenemos una corriente cultural predominante que nos llama a disfrutar del momento, a emborracharnos, a deshinibirnos sexualmente… Sólo hay que encender la radio un momento, o la tele, o ver un par de videoclips en Internet. Parece que vivamos en una exaltación constante del “carpe diem”.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, tal vez por eso que dicen de que los opuestos se atraen, cada vez hay más gente hablando, por otro lado, de ayunos de dopamina, de programas de entrenamiento espartano o de tomar el control de tu vida sin dejarte llevar por las tentaciones de un mundo abocado a la decadencia. Y en esa tendencia de buscar en el pasado la solución a un presente que está claro que no funciona, cada vez es más común encontrarse con revisiones de los maestros clásicos del estoicismo.

No creo que a nadie le haga daño, para variar, estudiar un poco de filosofía. Sin embargo, yo no soy un gran fan del estoicismo. Me gustan algunas de sus ideas, pero me opongo a su tendencia al racionalismo, a la subordinación del cuerpo y de las pasiones bajo un intelecto que conecta con una racionalidad universal de carácter espiritual. Uno de los postulados básicos del estoicismo consiste en la ataraxia, la anulación de toda emoción. Para el estoico, la felicidad está, prácticamente, en no sentir nada, en vivir desde una estable racionalidad que no se deja afectar por la variabilidad de nuestras emociones.

Desde un punto de vista estoico, las emociones son obstáculos, problemas que tenemos que resolver o superar. Y una de las emociones que ha estado más denostada a lo largo de la historia ha sido el placer. De hecho, todavía, hay muchos que no consideran al placer como una emoción en sí misma. Como si fuera un aspecto más primario o básico de nuestra naturaleza. Pero eso mismo no sucede con el asco, igual de primario, pero que sí se reconoce generalmente como una emoción.

El placer cumple todos los requisitos para ser una emoción: responde a un estímulo desencadenante, tiene una expresión facial y reacción fisiológica unívocas y universales para toda nuestra especie y, sobre todo, tiene sentido como una forma de responder al entorno para satisfacer nuestras necesidades, más aún si lo comprendemos desde un punto de vista evolutivo. Y las emociones no se deberían juzgar como buenas o malas, son necesarias, si aparecen es porque hacen falta y aprender a gestionar nuestra respuesta hacia los demás o hacia nosotros mismos cuando sentimos una emoción no es lo mismo que anularlas o controlarlas.

Pero el placer sigue estando mal visto. Resulta muy fácil criticar la ética y la estética de los videoclips y las canciones populares desde un púlpito de superioridad moral. Y la industria del espectáculo juega también con el morbo de lo prohibido. Y al anuncio de comida rápida, lleno de expresiones de placer y de alusiones a una vida fácil y feliz, le sigue el anuncio de las pastillas adelgazantes con expresiones de orgullo propio (porque todos sabemos que las personas delgadas son superiores). Es como si todo el mundo aceptara la creencia de que el placer es para los débiles de espíritu.

Y qué pasa con el epicureísmo. Ya lo sé, hace unos mil años se quemaron casi todos sus libros. Una doctrina filosófica que planteaba el placer como criterio para una vida virtuosa tenía que ser prohibida y destruida. Porque el placer va de satisfacer necesidades. Y las personas con necesidades satisfechas son más fuertes, más autónomas y más difíciles de controlar. Y una filosofía que persigue la sabiduría de diferenciar unos placeres de otros y cómo satisfacerlos en su justa medida tenía que ser erradicada.

Todavía hoy, aceptar el placer como una emoción necesaria puede ser, para muchas personas, uno de los aspectos más difíciles de la gestión emocional. A muchos se nos ha enseñado que está mal sentir placer. A tantos otros, además, que no se lo merecen. Todavía hoy se siguen mutilando cuerpos para prohibirles el placer. Y en Youtube, pasamos del videoclip de Becky G al ayuno de dopamina.

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