Días

Creo que las semanas, los meses y los años son demasiado abstractos y variables para entender la vida y que nada sirve mejor para contarla y medirla que los días. El día posee una lógica propia que se puede comprender mejor que los fugaces instantes de los segundos, los minutos y las horas que se suceden ininterrumpidamente unos a otros.

Hoy es un día, y es el día en el que he pensado, he escrito y he publicado este texto.

Hoy hace 489 días que no escribo nada en este blog, cuando mi último intento de retomar la escritura quedó interrumpido por una tragedia muy cercana. Casi quinientos días que se me han hecho una eternidad.

Hoy hace 71 días que celebraba con mi familia que se cumplían 13.000 días desde mi nacimiento. A los cumpleaños ya no les doy mucha importancia, es bastante aburrido que mi cumpleaños caiga siempre en el mismo día del mismo mes, así que me propuse celebrar cada vez que cumpla 1000 días más.

Hoy hace 55 días desde que se aprobó el estado de alarma y, durante este tiempo, ha habido días que se han hecho eternos y otros que han pasado volando. Y los días se deforman tal como se deforman las rutinas y costumbres que encauzaban nuestra vida. Pero, día tras día, los hemos seguido contando.

Y ya se sabe que las cosas más importantes suceden en un día. Un día naces y otro día mueres. Un día conoces a la persona que vas a amar y otro día la pierdes. Un día aprendes algo que nunca habías sabido y otro día te equivocas y cometes un error irremediable.

Y una vida está llena de días. Así que no, la vida no son dos días. O asumimos la literalidad de que la vida son miles de días (no muchos miles, pero unos cuantos) o, si vamos a recurrir a una metáfora, que sea para decir que la vida es un día.

Amaneces poco a poco,
despertándote a la vida.
No sabes muy bien dónde estás,
lleno de lagañas y mocos.
Empiezas con energía,
con una idea más o menos clara
de lo que quieres que pase.
Y luego pasa
que tu día se cruza y colisiona
con los de muchas otras personas.
El azar abre caminos
que nunca fueron imaginados.
Y al final, en el ocaso,
te apetece pararte a contemplar
los últimos rayos de sol
que escapan por el horizonte.
Y atesoras cada instante,
sabiendo que no habrá otro más.
Todo para, al final,
sumergirte en la oscuridad
de la noche universal.

Teoría de la relatividad familiar

Durante los años que he estado ocupado en labores de coaching educativo, he sido testigo de muchos conflictos familiares que enfrentaban a padres e hijos. Abordarlos desde el coaching implica, en la mayoría de los casos, pasar de las causas a los objetivos, de las razones a los resultados, de los “porqué” a los “paraqué”.

Recientemente, tras mediar en otra discusión entre dos partes tan difícilmente equiparables como una madre y un hijo, reflexioné sobre si habría una forma de ayudar a los padres a gestionar este tipo de situaciones de una forma más productiva. Acabé divagando por otros campos del conocimiento buscando una perspectiva útil.

Hace poco más de cien años, Einstein formuló la teoría de la relatividad. En ella, el tiempo, que siempre había sido considerado una constante universal absoluta, pasó a estar vinculado de forma interdependiente a la materia, lo que provocó un cambio de enorme trascendencia en la forma en que podíamos comprender la realidad. Aunque incompleta para aquellos que siguen buscando la «teoría del todo», sigue estando vigente y su influencia cultural en el siglo XX fue innegable. Pese a que la teoría de Einstein se centraba en el comportamiento de la materia, la gravedad y los campos electromagnéticos, sirvió de inspiración para una actitud filosófica ante la existencia que se hizo cada vez más popular: el relativismo.

De la misma forma que los físicos del siglo pasado rompieron nuestros esquemas mentales sobre lo que representa la fluida realidad del medio en el que vivimos, en ocasiones, me gustaría tener esa influencia en padres e hijos cuando están enzarzados en una discusión.

Si cualquier conflicto familiar se analiza externamente, suele ser fácil descubrir que cada parte está empeñada en agarrarse a una verdad irrenunciable, a una razón absoluta sobre la cual se puede juzgar y resolver el conflicto aplicando la lógica. Pero la lógica juega en contra de resolver el conflicto. Puede ser perfectamente posible que ambas partes tengan razón. Y eso dificulta que se llegue a un espacio común donde se pueda construir una solución.

No se nos educa en el relativismo. A los niños se les enseña que hay una (y por lo general única) respuesta posible. Y a los padres se les deja que cada uno ejerza la paternidad como buenamente pueda, sin un marco teórico básico consensuado científicamente. Parece que los científicos se hayan dedicado en mayor medida a desentrañar los secretos del universo porque no se atrevieron a ocuparse de los de la familia. Sin embargo, desde mi opinión profesional, es casi imposible resolver el conflicto familiar de forma sana y productiva sin recurrir a una verdad relativa.

Para esto, el perspectivismo es un buen sistema. Hay una verdad absoluta, pero nadie la puede abarcar. Cada uno tenemos una visión propia de esa verdad. Y no podemos negarnoslas. Cuando un padre niega la visión de la verdad de su hijo está alejándose de solucionar el conflicto. Pero, de la misma manera, tampoco puede negarse su propia verdad y darle la razón al hijo ciegamente. Para muchos padres puede ser una cómoda tentación claudicar ante sus hijos. Pero esto tampoco resuelve la situación, que volverá de forma más radical y, posiblemente, violenta.

Aceptar ambas verdades por ambas partes sin que ninguna se niegue su propia verdad. Este sería el primer paso. Tan simple, y tan difícil, como escuchar sin juzgar.

A partir de aquí, el siguiente paso es cambiar la perspectiva y pasar de juzgar o castigar las acciones del pasado a definir y conseguir los objetivos del futuro. En resumen, aceptar y perdonar lo que no se puede cambiar y orientar la discusión hacia los beneficios que tendría actuar sobre lo que sí se puede cambiar, discutir el futuro al que se quiere llegar.

Para ello, creo que a todos los padres les vendría bien mantener presente en todo momento que la familia es una elección libre. Que son padres porque quieren serlo, porque quisieron tener hijos o porque no se los quisieron quitar de en medio o porque no quisieron quitarse de en medio ellos mismos. Partiendo de esto, no se puede asumir que el hijo tenga ninguna obligación ante el padre, diferente a la que tendría respecto a cualquier otra persona con la que tenga que convivir.

Cuando el padre exige autoritariamente, basándose en su patria potestad, niega al hijo la capacidad de actuar libremente, lo que limita su responsabilidad. Porque nadie se hace responsable de aquello que no puede elegir hacer libremente.

Lo que yo le planteo a los padres es que pongan en práctica la misma técnica que tantos hijos utilizan con ellos: pedir. El padre tiene derecho a pedirle a su hijo lo que quiere. Sabiendo que el hijo es libre de hacerlo o no. Pero se puede insistir en pedirlo, se puede explicar porqué se quiere y se puede recurrir al cualquier técnica de persuasión que se considere oportuna, como la recompensa o el castigo. Pero el hijo debe tener la posibilidad de elegir no hacerlo. Esta es una cuestión básica para educar en la responsabilidad.

Desde esta perspectiva, las discusiones familiares se deber ir convirtiendo en una negociación asertiva que busque el máximo beneficio posible para todos los miembros de la familia.

Pero para que esto funcione, tanto padres como hijos, deben soltarse de las verdades absolutas a las que sus propios miedos les hacen agarrarse y permitirse explorar las dimensiones de la relatividad. En este camino, siempre debemos asumir que el adulto es más responsable que el niño de dar el primer paso y educar con su ejemplo. Tal vez así seamos capaces de establecer la asertividad dentro de las relaciones familiares.