Un nuevo curso con una nueva asignatura: supervivencia

Artículo publicado en Socrática.

No éramos pocos los que, en el pasado, pensábamos que el futuro 2020, con un número tan redondo, sería un año especial en nuestras vidas. ¡Vaya si lo está siendo! En estos primeros días de septiembre estamos a las puertas de una vuelta al cole cuando menos inusual. Este curso, todos vamos a tener que hincar los codos y hacer los deberes para aprobar la nueva asignatura: supervivencia.

En la Academia Socrática, este nuevo curso, vamos a tener puesto el foco en la prevención sanitaria. Nuestro objetivo es convertir nuestra pequeña academia en Dos Hermanas en una gran muralla ante la propagación de contagios. Con la reducción de aforo y las limitaciones en los horarios, estamos dispuestos a quemar los puentes que puedan permitir al coronavirus extenderse más allá de nuestras puertas.

 Pero sabemos que el virus no es el único problema al que vamos a tener que hacer frente este curso. Las situaciones que hemos vivido en los últimos meses, inimaginables a principios de año, han generado en muchas personas una importante alteración emocional y favorecido la aparición de distintos problemas de salud mental, como la ansiedad. Siendo coherentes con nuestra tradicional sensibilidad hacia la salud mental, estaremos vigilantes de estos otros síntomas que afectan a muchas más personas y que pueden ocasionar un deterioro de nuestra salud difícil de detectar en los test clínicos.

Y, más allá de la pandemia, también somos conscientes de que todos, tanto las familias como las empresas, afrontamos una nueva amenaza a nuestra supervivencia. Estamos a los comienzos de una de las crisis económicas más extrañas que va a vivir la humanidad, de consecuencias imprevisibles. Todos tenemos que aprender a ser más resilientes y flexibles ante los cambios de un entorno lleno de incertidumbre.

Nuestra academia en Dos Hermanas abre sus puertas este nuevo curso con la convicción de que esta no va a ser la crisis que nos haga cerrarlas, como tampoco lo ha hecho ninguna de las anteriores situaciones complicadas a las que hemos sobrevivido. Tenemos unas ganas enormes de aportar nuestro granito de arena en la erradicación de esta epidemia, crear un entorno seguro para nuestros estudiantes y ofrecer herramientas a las familias para superar la ansiedad y la incertidumbre. Este curso puede ser uno de los más especiales de toda nuestra historia, ¿quién sabe si quizá sea el mejor? Porque, cuando encaramos los mayores desafíos, conseguimos desarrollar nuestras mejores cualidades.

¡Bienvenidos al curso 2020/21 en la Academia Socrática!

Teoría de la relatividad familiar

Durante los años que he estado ocupado en labores de coaching educativo, he sido testigo de muchos conflictos familiares que enfrentaban a padres e hijos. Abordarlos desde el coaching implica, en la mayoría de los casos, pasar de las causas a los objetivos, de las razones a los resultados, de los “porqué” a los “paraqué”.

Recientemente, tras mediar en otra discusión entre dos partes tan difícilmente equiparables como una madre y un hijo, reflexioné sobre si habría una forma de ayudar a los padres a gestionar este tipo de situaciones de una forma más productiva. Acabé divagando por otros campos del conocimiento buscando una perspectiva útil.

Hace poco más de cien años, Einstein formuló la teoría de la relatividad. En ella, el tiempo, que siempre había sido considerado una constante universal absoluta, pasó a estar vinculado de forma interdependiente a la materia, lo que provocó un cambio de enorme trascendencia en la forma en que podíamos comprender la realidad. Aunque incompleta para aquellos que siguen buscando la «teoría del todo», sigue estando vigente y su influencia cultural en el siglo XX fue innegable. Pese a que la teoría de Einstein se centraba en el comportamiento de la materia, la gravedad y los campos electromagnéticos, sirvió de inspiración para una actitud filosófica ante la existencia que se hizo cada vez más popular: el relativismo.

De la misma forma que los físicos del siglo pasado rompieron nuestros esquemas mentales sobre lo que representa la fluida realidad del medio en el que vivimos, en ocasiones, me gustaría tener esa influencia en padres e hijos cuando están enzarzados en una discusión.

Si cualquier conflicto familiar se analiza externamente, suele ser fácil descubrir que cada parte está empeñada en agarrarse a una verdad irrenunciable, a una razón absoluta sobre la cual se puede juzgar y resolver el conflicto aplicando la lógica. Pero la lógica juega en contra de resolver el conflicto. Puede ser perfectamente posible que ambas partes tengan razón. Y eso dificulta que se llegue a un espacio común donde se pueda construir una solución.

No se nos educa en el relativismo. A los niños se les enseña que hay una (y por lo general única) respuesta posible. Y a los padres se les deja que cada uno ejerza la paternidad como buenamente pueda, sin un marco teórico básico consensuado científicamente. Parece que los científicos se hayan dedicado en mayor medida a desentrañar los secretos del universo porque no se atrevieron a ocuparse de los de la familia. Sin embargo, desde mi opinión profesional, es casi imposible resolver el conflicto familiar de forma sana y productiva sin recurrir a una verdad relativa.

Para esto, el perspectivismo es un buen sistema. Hay una verdad absoluta, pero nadie la puede abarcar. Cada uno tenemos una visión propia de esa verdad. Y no podemos negarnoslas. Cuando un padre niega la visión de la verdad de su hijo está alejándose de solucionar el conflicto. Pero, de la misma manera, tampoco puede negarse su propia verdad y darle la razón al hijo ciegamente. Para muchos padres puede ser una cómoda tentación claudicar ante sus hijos. Pero esto tampoco resuelve la situación, que volverá de forma más radical y, posiblemente, violenta.

Aceptar ambas verdades por ambas partes sin que ninguna se niegue su propia verdad. Este sería el primer paso. Tan simple, y tan difícil, como escuchar sin juzgar.

A partir de aquí, el siguiente paso es cambiar la perspectiva y pasar de juzgar o castigar las acciones del pasado a definir y conseguir los objetivos del futuro. En resumen, aceptar y perdonar lo que no se puede cambiar y orientar la discusión hacia los beneficios que tendría actuar sobre lo que sí se puede cambiar, discutir el futuro al que se quiere llegar.

Para ello, creo que a todos los padres les vendría bien mantener presente en todo momento que la familia es una elección libre. Que son padres porque quieren serlo, porque quisieron tener hijos o porque no se los quisieron quitar de en medio o porque no quisieron quitarse de en medio ellos mismos. Partiendo de esto, no se puede asumir que el hijo tenga ninguna obligación ante el padre, diferente a la que tendría respecto a cualquier otra persona con la que tenga que convivir.

Cuando el padre exige autoritariamente, basándose en su patria potestad, niega al hijo la capacidad de actuar libremente, lo que limita su responsabilidad. Porque nadie se hace responsable de aquello que no puede elegir hacer libremente.

Lo que yo le planteo a los padres es que pongan en práctica la misma técnica que tantos hijos utilizan con ellos: pedir. El padre tiene derecho a pedirle a su hijo lo que quiere. Sabiendo que el hijo es libre de hacerlo o no. Pero se puede insistir en pedirlo, se puede explicar porqué se quiere y se puede recurrir al cualquier técnica de persuasión que se considere oportuna, como la recompensa o el castigo. Pero el hijo debe tener la posibilidad de elegir no hacerlo. Esta es una cuestión básica para educar en la responsabilidad.

Desde esta perspectiva, las discusiones familiares se deber ir convirtiendo en una negociación asertiva que busque el máximo beneficio posible para todos los miembros de la familia.

Pero para que esto funcione, tanto padres como hijos, deben soltarse de las verdades absolutas a las que sus propios miedos les hacen agarrarse y permitirse explorar las dimensiones de la relatividad. En este camino, siempre debemos asumir que el adulto es más responsable que el niño de dar el primer paso y educar con su ejemplo. Tal vez así seamos capaces de establecer la asertividad dentro de las relaciones familiares.