¿Has estado alguna vez a punto de matar a alguien sin quererlo? Yo sí. Aquella mañana de invierno, fría y monótona, volviendo de asistir a una clase en Sevilla para impartir yo otra en Los Palacios, me quedé dormido al volante. Abrí los ojos justo a tiempo de ver de frente el camión con el que iba a chocar en menos de un segundo. Uno o dos minutos después recuperé la consciencia. De no ser por la habilidad de aquel camionero, capaz de esquivarme lo justo para no matarme sin llegar a volcar el camión cisterna lleno de combustible en la maniobra, aquello hubiera podido ser una catástrofe. Más aún teniendo en cuenta que estamos hablando de la Nacional IV entre  Dos Hermanas y Los Palacios antes del desdoble, uno de los puntos negros más vergonzosos de la red de carreteras españolas durante muchos años, que siempre estaba hasta los topes de tráfico. El guardia civil que me atendió sin creerse que pudiera salir del coche destrozado por mi propio pie me confirmó que nadie había salido herido. Yo me disculpaba por lo que había pasado y no me olvidaré nunca de cómo me dijo que no preocupara por eso, que aquel había sido un día de suerte, que él ya estaba cansado de recoger muertos del asfalto.

Unos años después, en la misma carretera, otra persona se quedaba dormida al volante saliéndose de su carril, como yo lo hice, y llevándose por delante el coche donde murieron la hija de mi prima y dos personas más. Yo sabía perfectamente que tiempo antes hubiera sido mi coche el que se hubiera podido llevar por delante la vida de cualquier otra persona inocente. ¿Soy menos culpable porque no pasó? ¿Hubiera sido culpable si hubiera pasado? ¿Hasta qué punto se puede culpar de un homicidio involuntario a quien, sin más, se queda dormido al volante? ¿No tienen culpa de toda la sangre derramada en ese fatídico tramo de la Nacional IV todas las personas que con sus decisiones, priorizando los beneficios a las vidas, mantuvieron la situación de riesgo mortal en la que vivíamos cuando era posible abrir la autopista paralela y descongestionar aquel sendero de muertes que se repetían año tras año?

Es una hipótesis sin demostrar, pero creo que los niños pequeños no sienten culpa por nada. Ellos son torpes, ignorantes, dependientes, improductivos, egoístas, pero no se sienten culpables por ninguna de esas cosas. Hasta que llega un día en que aprenden a sentirse culpables. ¿Cómo se aprende la culpa? ¿Cuándo se aprende? ¿Para qué sirve sentirse culpable? O más importante aún, ¿para quién sirve? Esos mismos niños, al crecer, se convierten en adultos llenos de complejos de culpabilidad. Complejos que se desarrollan en procesos internos de penitencia y martirio capaces de arrasar con la salud mental de cualquiera bajo una aparente fachada de estable tranquilidad.

Pero, si los niños no saben sentir culpa, ¿es que acaso es algo que no forma parte de nuestra naturaleza? ¿En qué momento de nuestra evolución natural o cultural aprendimos a sentir culpa? A veces me da por pensar que la culpa podría llegar a ser una idea fallida. Una palabra que no ha acertado a nombrar ninguna realidad. Una equivocación histórica propia de una humanidad inmadura que era incapaz de asumir una realidad caótica e incontrolable y que necesitaba un chivo expiatorio.

Sin embargo, creo que se puede vivir sin culpa. Es más, creo que la culpa no tiene ninguna utilidad; más allá de querer seguir reproduciendo una visión de la realidad dividida entre víctimas y verdugos, tan manida por la propaganda política como mecanismo de manipulación social.

Es más, creo que se puede vivir sin culpa sin dejar de asumir la responsabilidad de las decisiones propias y de las consecuencias de nuestros actos, tanto de los que ejecutamos conscientemente como inconscientemente. Responsabilidad sin culpa. Reparación sin martirio. Progreso sin penitencia. En el fondo, culparnos de lo que somos es no querer aceptar lo que somos. Y todos, tú también, somos capaces de matar a alguien, aunque sea sin darnos cuenta.

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