Desde la antigüedad hasta nuestros días, pocas emociones han sido más castigadas por cualquiera de las jerarquías de poder existentes que el orgullo propio. A partir de ahora nos referiremos a él como orgullo, pero hay que tener en cuenta que en la clasificación de emociones básicas que realizo en mi libro Educación Emocional se diferencia de otra emoción a la que nombro orgullo ajeno.

Para los griegos la hibris, la arrogancia desmedida, era una transgresión de los límites impuestos por los dioses. Prometeo fue castigado por robar el fuego a los dioses para entregárselo a los mortales. Esta metáfora mitológica encierra la verdad antropológica de que en la conquista del fuego está el mismo origen de nuestra humanidad. 

El titán debería haber sido adorado como la mayor de las divinidades, más aún si tenemos en cuenta que también se le atribuye el origen del sacrificio, concepto asociado a la propia etimología de su nombre, dado que “prometeo” en griego significa “previsor”. 

Sin embargo, la jerarquía olímpica presidida por Zeus juzga su falta como imperdonable y es castigado con una condena que se repetirá, día tras día, durante toda la eternidad. En palabras de Herodoto: “la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado”. ¿Qué hay de malo en destacar? ¿Por qué se castiga tanto la expresión del orgullo? ¿No será que cualquier tipo de autoridad jerárquica ve peligrar su estabilidad cuando las personas salen del rebaño para afirmar su individualidad más radical y libre?

Sea como sea, el conflicto entre el orgullo y la autoridad de los pastores de seres humanos se ha mantenido a lo largo de las eras. En el cristianismo medieval cristalizó la dicotomía del pecado de soberbia frente a la virtud de la humildad. Jane Austen lo identificó como uno de los defectos principales de la sociedad inglesa de principios del XIX. Y, en la actualidad, la mayoría de las personas lo consideran como una característica negativa de la personalidad de aquellas personas que caen en el error de sentirse superiores a los demás. Es posible que tú mismo te estés preguntando a qué viene esta retahíla de críticas a la crítica del orgullo, ¿qué hay de bueno en esta emoción?

Absolutamente nada. Porque, como repetiré hasta el hartazgo a los que tengáis la paciencia de leerme, no hay emociones buenas ni malas. Las emociones son la forma en que nuestra naturaleza ha aprendido a adaptarse al contexto y el orgullo propio está ahí porque ha cumplido una función, porque junto con el resto de nuestras reacciones emocionales nos ha ayudado a convertirnos en lo que somos como especie. No se trata de que sea bueno o malo, se trata de que toda emoción es necesaria. Y la necesidad con la que se vincula esta emoción es la autoestima.

El orgullo propio reacciona ante el patrón desencadenante de una autoevaluación positiva que genera una aceptación de lo que somos. Lo habitual es no sentirnos suficientemente buenos, no superar esta evaluación porque no llegamos a satisfacer los objetivos que consciente o inconscientemente nos ponemos a nosotros mismos. Así es como debe ser, no tendría sentido sentir orgullo por ponernos de pie y andar erguidos aunque nos llevó casi un año aprender a hacerlo cuando éramos bebés. El orgullo es la señal interna de que hemos crecido, de que hemos aumentado nuestra capacidad de influir y transformar el mundo en el que vivimos.

La cuestión es que nuestra inteligencia, nuestra capacidad de imaginación humana, siempre será capaz de establecer más objetivos, de desear más logros de los que seremos capaces de alcanzar en una vida entera. ¿Cómo podemos sentirnos válidos cuando somos conscientes de todos nuestros fallos y carencias? El orgullo es el antídoto a los efectos secundarios de la inteligencia. Y bloquear esta emoción, ya sea por su represión o por su fingimiento, dificultará el desarrollo de nuestra propia autoestima.

Pero aceptar esta emoción, expresarla de forma abierta y beneficiarse del sano desarrollo de la autoestima que está asociado a ella puede despertar la furia de los dioses y provocar que nuestra autoaceptación sea castigada. En una sociedad donde las personas somos instrumentos los unos para los otros, donde todos formamos parte de una maquinaria de la que somos piezas prescindibles y reemplazables, salirnos del molde de la homogénea conformidad puede suponer un desajuste que haga que se nos deseche. Esta es una de las formas en las que el orgullo es más castigado en la actualidad, la cancelación, tener una posición propia frente a los rebaños que pastan las consignas y las modas de turno.

Y los dioses de la homogeneidad social también castigan el orgullo en la escuela. A los estudiantes se les intenta educar en la humildad a base de aplastar y diluir cualquier muestra de orgullo que expresen durante su infancia. ¿Acaso hay algo más orgulloso que un niño pequeño? ¡Mírame! ¡Soy el centro de mi universo! ¡Soy lo más importante de mi mundo! ¡Soy toda la realidad que conozco! Conforme van creciendo, se convierten en adolescentes con problemas de autoestima porque han aprendido que sus ideas, sus intereses, sus cuerpos o sus proyectos no son los adecuados, no se amoldan a la horma que se impone desde una sociedad incoherente e hipócrita que les pide al mismo tiempo una cosa y su contraria. ¡Aprende a aprender! Pero hazlo a mi manera. ¡Ten pensamiento crítico! Pero no critiques mis ideas. ¡Adelgaza y transforma tu cuerpo para que tenga una belleza ideal! Pero cómete este combo XXL lleno de grasas saturadas y azúcares que te lo he dejado muy barato y tienes derecho a ser feliz. ¡Estudia lo que te guste! Pero búscate un trabajo que tenga futuro porque nada define mejor tu valor que el dinero que ingresas mes a mes en una nómina estable con la que poder sufragar los enormes gastos que supone definir ostensiblemente tu estatus social.

Así que a todos los niños se les enseña en la escuela lo feo que está sentir orgullo (no digamos ya expresarlo abiertamente) y lo bonito que está ser humilde. Porque si tienes la osadía de quererte a ti mismo corres el peligro de que no te quiera nadie. O peor aún, que dejes de necesitar la aprobación ajena y ya no sirvas como una herramienta fácil de usar en la maquinaria social que somos los unos para los otros.

Necesitamos el orgullo. Nuestra salud, nuestra supervivencia depende de una relación sana con esta emoción. Dejemos de aplastárselo a los demás y dejemos de aplastárnoslo a nosotros mismos.

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