En la saga de Star Wars, se sirven de las emociones para explicar cómo Anakin Skywalker sucumbe al lado oscuro de la fuerza y se termina convirtiendo en Darth Vader. La tristeza por la inevitable muerte de su madre, el miedo provocado por una visión en la que anticipa la muerte de su amada y la ira con la que se enfrenta a los enemigos de República Galáctica, entre muchas otras emociones, son representadas en las películas como los hilos con los que Darth Sidious manipula al joven jedi igual que a una marioneta. No deja de ser otro ejemplo más de una tragedia clásica en la que el héroe no puede evitar su destino.

Sidious, el malvado manipulador, disfrazado de senador Palpatine, se nos muestra como alguien capaz de servirse de las emociones de los demás para satisfacer su deseo de poder. ¿Diríamos que es alguien con empatía? ¿O más bien lo clasificaríamos como un psicópata?

Al psicópata, sin embargo, no lo caracteriza su comprensión de las emociones ajenas. Carente de empatía, el psicópata es incapaz de contagiarse del estado emocional de las personas con las que se relaciona. De ahí que sea tan bueno para llevar a cabo sus planes, buenos o malos, sin dejarse influir por los padecimientos ajenos, ciego y sordo a la dimensión emocional de la naturaleza humana. El psicópata no manipula las emociones, simplemente las ignora.

La manipulación emocional requiere de la capacidad de empatizar y, es más, creo que la propia empatía se desarrolló como una ventaja evolutiva en nuestra especie, entre otras cosas, porque nos permitía manipular mejor a nuestros congéneres.

En la actualidad, se cree que el tamaño de determinadas estructuras neuronales está especialmente relacionado con la diferente capacidad de empatizar de distintas personas y que esto está vinculado a una especie de generosidad natural. Desde esta visión, la empatía se considera como algo positivo, algo que nos hace más capaces de comprender el sufrimiento ajeno y asumirlo como propio, motivándonos a hacer algo para resolverlo. La función que esta tendencia a resolver los problemas de otros podía tener en las tribus primitivas sería una explicación de su consolidación como uno de los rasgos más característicos de nuestra especie.

Sin embargo, me parece igualmente innegable que la empatía tiene un “lado oscuro”, que nuestra capacidad de reaccionar automáticamente a las emociones de otras personas son resortes utilizados para manipularnos emocionalmente, ya sea en en la constante exposición a los medios de comunicación de masas o en la cotidianeidad de nuestras relaciones familiares.

Uno de los ejemplos que me parecen más interesantes de esto último es la forma en que los niños disfrutan alterándonos emocionalmente a los adultos. Cuando el niño desarrolla la capacidad de comprender cómo sus acciones influyen en nuestro estado emocional, no dejará de querer sacarnos de nuestras casillas, aunque sólo sea por la enorme sensación de poder que implica. En estas situaciones, el niño seguirá pulsando las mismas teclas mientras funcionen y nuestra única defensa será tener la suficiente capacidad de gestionar nuestras emociones para que el niño se aburra porque su juguete se ha roto.

Pero la contienda es desigual, al niño le sobra motivación y no tiene otra cosa que hacer; al adulto, le sobran preocupaciones y muy difícilmente podrá reunir la paciencia y la atención para gestionar sus estados emocionales, si es que ni siquiera comprende que esta es la estrategia más viable. ¿Acaso es el niño un sádico manipulador emocional que disfruta con nuestra impotente sumisión?

Más allá de la ciencia ficción, no hay una fuerza luminosa ni oscura que nos mueva al bien o al mal. Las emociones no son el camino hacia nuestra perdición y una buena gestión emocional no consiste en su subordinación y control por parte de una mente racional superior, capaz de sacar naves espaciales del fondo de un pantano. Star Wars no deja de ser otro producto cultural propio de su tiempo que cae en el sesgo dualista que tanto critico en mi libro, Educación Emocional.

Las emociones y la empatía son parte de nuestra naturaleza humana, producto de la evolución natural, y no son buenas ni malas, simplemente son. Aprender mejor cómo son, es decir, cómo somos, nos ayudará a convivir mejor con ellas, es decir, con nosotros mismos. Tal vez, el lado oscuro de estas historias de una galaxia muy lejana no deje de ser una metáfora más del infierno en el que se puede convertir una vida ciega a la verdad de su propia naturaleza.

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