Compuse mi primer soneto con 15 años y se lo recité en clase de lengua a mis compañeros de 4º de ESO después de haberme sentido un poco ridículo al haber sido el único que se había memorizado y recitado en clase un famoso soneto de Garcilaso.

Este primer soneto quedó perdido por alguna de esas libretas en las que se vive lo que se escribe durante los años de estudiante, sólo recuerdo vagamente uno de los versos del último terceto: «Estoy ballando contra mí mismo.» Tampoco podemos decir que fuera bueno.

Mi dos siguientes sonetos salieron ocasionalmente durante mis años en la universidad. A partir del cuarto, son los sonetos que se han escrito tras la explosión poética de 2020, cuando ya llevaba cinco años escribiendo liras.

Soneto 4

Aprendí a perderte con paciencia.
Esperé a que aprendieras a irte.
Nunca quise frenarte o dirigirte.
Nunca quise ofrecer resistencia.

Aprendí a convivir con tu ausencia.
Esperé a morir o sobrevivirte.
Nunca quise una explicación pedirte.
Nunca quise rechazar la evidencia.

Ahora sé no ser nadie ni nada.
He aprendido a vaciar tu vacío.
He reducido al absurdo mi amor.

Eres una sombra difuminada.
Soy el cínico de tu señorío.
Somos el eco de un tiempo mejor.

Soneto 5

Todas las cosas surgen del vacío,
porque, donde hay algo, no cabe nada.
Mi mente, si está llena, está cerrada.
Mi corazón, si es tuyo, ya no es mío.

Vivir centrado es un desvarío
si en tu campo está mi vida atrapada.
Doy vueltas, cual estrella entusiasmada,
a un agujero negro, oscuro y frío.

Hay cuerpos que deforman el espacio
y tiempos que se alargan en su ausencia.
Finales que parecen un prefacio.

Buscando la eternidad de un instante 
me pierdo al contemplar que mi existencia 
sea universalmente insignificante.

Soneto 6

Reincido en el pecado de soñarte
cuando es mi penitencia despertarme.
Ya despierto, postergo el levantarme
por si sé en la penumbra recordarte.

Tu recuerdo se erige en baluarte
de un amor del que no quiero escaparme.
Y, aunque sé que soy bueno en reinventarme,
soy quien soy porque un día aprendí a amarte.

No me duelen la ausencia ni el silencio,
sé vivir conmigo de compañero
y, al pasado, ni juzgo ni sentencio.

Si a tu eterno retorno yo me atrevo
es porque aprendí a quererme primero
y ya aprenderé a perderte de nuevo.