Teoría de la relatividad familiar

Durante los años que he estado ocupado en labores de coaching educativo, he sido testigo de muchos conflictos familiares que enfrentaban a padres e hijos. Abordarlos desde el coaching implica, en la mayoría de los casos, pasar de las causas a los objetivos, de las razones a los resultados, de los “porqué” a los “paraqué”.

Recientemente, tras mediar en otra discusión entre dos partes tan difícilmente equiparables como una madre y un hijo, reflexioné sobre si habría una forma de ayudar a los padres a gestionar este tipo de situaciones de una forma más productiva. Acabé divagando por otros campos del conocimiento buscando una perspectiva útil.

Hace poco más de cien años, Einstein formuló la teoría de la relatividad. En ella, el tiempo, que siempre había sido considerado una constante universal absoluta, pasó a estar vinculado de forma interdependiente a la materia, lo que provocó un cambio de enorme trascendencia en la forma en que podíamos comprender la realidad. Aunque incompleta para aquellos que siguen buscando la «teoría del todo», sigue estando vigente y su influencia cultural en el siglo XX fue innegable. Pese a que la teoría de Einstein se centraba en el comportamiento de la materia, la gravedad y los campos electromagnéticos, sirvió de inspiración para una actitud filosófica ante la existencia que se hizo cada vez más popular: el relativismo.

De la misma forma que los físicos del siglo pasado rompieron nuestros esquemas mentales sobre lo que representa la fluida realidad del medio en el que vivimos, en ocasiones, me gustaría tener esa influencia en padres e hijos cuando están enzarzados en una discusión.

Si cualquier conflicto familiar se analiza externamente, suele ser fácil descubrir que cada parte está empeñada en agarrarse a una verdad irrenunciable, a una razón absoluta sobre la cual se puede juzgar y resolver el conflicto aplicando la lógica. Pero la lógica juega en contra de resolver el conflicto. Puede ser perfectamente posible que ambas partes tengan razón. Y eso dificulta que se llegue a un espacio común donde se pueda construir una solución.

No se nos educa en el relativismo. A los niños se les enseña que hay una (y por lo general única) respuesta posible. Y a los padres se les deja que cada uno ejerza la paternidad como buenamente pueda, sin un marco teórico básico consensuado científicamente. Parece que los científicos se hayan dedicado en mayor medida a desentrañar los secretos del universo porque no se atrevieron a ocuparse de los de la familia. Sin embargo, desde mi opinión profesional, es casi imposible resolver el conflicto familiar de forma sana y productiva sin recurrir a una verdad relativa.

Para esto, el perspectivismo es un buen sistema. Hay una verdad absoluta, pero nadie la puede abarcar. Cada uno tenemos una visión propia de esa verdad. Y no podemos negarnoslas. Cuando un padre niega la visión de la verdad de su hijo está alejándose de solucionar el conflicto. Pero, de la misma manera, tampoco puede negarse su propia verdad y darle la razón al hijo ciegamente. Para muchos padres puede ser una cómoda tentación claudicar ante sus hijos. Pero esto tampoco resuelve la situación, que volverá de forma más radical y, posiblemente, violenta.

Aceptar ambas verdades por ambas partes sin que ninguna se niegue su propia verdad. Este sería el primer paso. Tan simple, y tan difícil, como escuchar sin juzgar.

A partir de aquí, el siguiente paso es cambiar la perspectiva y pasar de juzgar o castigar las acciones del pasado a definir y conseguir los objetivos del futuro. En resumen, aceptar y perdonar lo que no se puede cambiar y orientar la discusión hacia los beneficios que tendría actuar sobre lo que sí se puede cambiar, discutir el futuro al que se quiere llegar.

Para ello, creo que a todos los padres les vendría bien mantener presente en todo momento que la familia es una elección libre. Que son padres porque quieren serlo, porque quisieron tener hijos o porque no se los quisieron quitar de en medio o porque no quisieron quitarse de en medio ellos mismos. Partiendo de esto, no se puede asumir que el hijo tenga ninguna obligación ante el padre, diferente a la que tendría respecto a cualquier otra persona con la que tenga que convivir.

Cuando el padre exige autoritariamente, basándose en su patria potestad, niega al hijo la capacidad de actuar libremente, lo que limita su responsabilidad. Porque nadie se hace responsable de aquello que no puede elegir hacer libremente.

Lo que yo le planteo a los padres es que pongan en práctica la misma técnica que tantos hijos utilizan con ellos: pedir. El padre tiene derecho a pedirle a su hijo lo que quiere. Sabiendo que el hijo es libre de hacerlo o no. Pero se puede insistir en pedirlo, se puede explicar porqué se quiere y se puede recurrir al cualquier técnica de persuasión que se considere oportuna, como la recompensa o el castigo. Pero el hijo debe tener la posibilidad de elegir no hacerlo. Esta es una cuestión básica para educar en la responsabilidad.

Desde esta perspectiva, las discusiones familiares se deber ir convirtiendo en una negociación asertiva que busque el máximo beneficio posible para todos los miembros de la familia.

Pero para que esto funcione, tanto padres como hijos, deben soltarse de las verdades absolutas a las que sus propios miedos les hacen agarrarse y permitirse explorar las dimensiones de la relatividad. En este camino, siempre debemos asumir que el adulto es más responsable que el niño de dar el primer paso y educar con su ejemplo. Tal vez así seamos capaces de establecer la asertividad dentro de las relaciones familiares.

Pequeños y grandes círculos de influencia

Ayer estaba en la Academia Socrática ayudando a unas estudiantes de bachillerato a preparar un examen de economía. El tema trataba sobre los sistemas económicos y el principal problema era la comprensión de unas características completamente descontextualizadas de los aspectos históricos y políticos que las configuraron. Y revisando la influencia que habían tenido los países europeos atrapados entre los bloques comunista y capitalista para crear un sistema mixto, desarrollado de distinta forma en distintos países, llegamos a la actualidad, hablándoles sobre cómo podrían hacerse responsables del futuro sistema económico de su propio país, ejerciendo su influencia de distintas formas.

En pocos años tendrían la oportunidad de votar, pudiendo elegir entre distintas variaciones sobre el modelo mixto, algunas más cercanas a la economía de mercado, y otras a la planificación estatal. Pero también les hablé sobre la capacidad que tendrían de poder implicarse políticamente y hacerse responsables de la realización de las iniciativas económicas que quisieran defender. La cuestión no fue a más porque la prioridad del momento presente seguía siendo aprobar el siguiente examen. Pero esta situación me hizo reflexionar sobre cómo ayudar a los jóvenes a aumentar su círculo de influencia.

¿Qué capacidad tiene un jóven de influir sobre el sistema económico de la sociedad a la que pertenece? Aparentemente ninguna, de hecho, si hiciéramos la misma pregunta para cualquier adulto, la respuesta sería probablemente la misma. Es cierto que podemos votar distintas opciones políticas, pero en la actualidad, parece que la economía ha dejado de ser una opción democrática y los acreedores del estado tienen mayor capacidad de influir sobre la economía nacional que los propios ciudadanos. A lo mejor esta situación es más aparente que real y la economía sigue estando en manos de quienes toman decisiones día a día con el uso que dan a sus recursos, pero genera una sensación de impotencia individual que desmotiva a la hora de implicarse en la creación de soluciones, lo que alimenta el círculo vicioso en el que la reacción habitual es esperar a que vengan otros a darle forma a nuestro sistema económico.

Pero, si bien es cierto que desde la individualidad nuestra capacidad de influencia económica llegará hasta donde lleguen nuestros recursos, capitales o productivos; también es cierto que desde el ejercicio del liderazgo, en el contexto de la colectividad, podemos ofrecer alternativas a la actual configuración del sistema. ¿Por qué frenar nuestra capacidad de ejercer una mayor influencia, si con ella podemos ofrecer soluciones tanto para nuestros propios problemas como para los de otras personas?

Pero volviendo a la cuestión principal, ¿hay algo que puedan hacer los jóvenes para influir en el sistema económico? Mi respuesta es rotúndamente afirmativa. ¿Cómo? Conociéndolo. El principal factor que permite ampliar el círculo de influencia es el conocimiento, la consciencia. Luego es necesaria la acción, pero esta llega en segundo término. En mi opinión, este conocimiento ha de implicar la cuestión más importante sobre la que a los jóvenes tienen que tomar consciencia: que pueden influir, que pueden participar en la configuración del mundo en el que viven, y no tienen que resignarse a aceptar como inmutable una realidad que es el resultado de la suma de innumerables acciones individuales.

Si quieremos formar a ciudadanos comprometidos con su futuro, es importante ayudarles a comprender que el presente es el resultado de una historia protagonizada por personas que, con sus acciones transformaron el mundo que se encontraron como resultado histórico de sus predecesores. A esto no ayuda la asepsia conceptual y la corrección política de algunos libros de texto, pero como dice José Antonio Marina, al niño lo educa toda la tribu. Entre todos podemos ayudar a que los jóvenes sean más conscientes de su capacidad de influencia y ejerzan un mayor liderazgo en el futuro.

Menos platos y más zapato: coaching nutricional

Poco a poco, voy dotando de contenido a este blog. En estos días me he centrado de forma prioritaria en escribir, pero hoy inauguro un nuevo widget: mis blogs favoritos. Podría poner una gran cantidad de enlaces a blogs que me encantan en poco tiempo, sólo en el Reader tengo más de 100 suscripciones, y después de haber realizado varias cribas. Pero he pensado que sería más interesante presentar cada nuevo enlace con un post de presentación. Puede que sea más lento, pero creo que también será más interesante.

Hoy abro este apartado de enlaces con un blog de unos compañeros del Master de Coaching de IEC en Sevilla. Enrique y Sergio han sido los más madrugadores de todo el grupo y a mediados del Master ya estaban comenzando su actividad de promoción y divulgación del coaching con la marca Factor Humano, para la que también tienen un blog, que ya presentaré e incluiré en los enlaces más adelante.

El título del blog que enlazo hoy es Menos platos y más zapatos, es un blog dedicado al coaching nutricional, la reeducación alimentaria y el control emocional del peso. Una de las principales carácteristicas que lo definen es su firme oposición a las dietas, que se descartan completamente como una solución eficaz a los problemas de obesidad o sobrepeso. Su planteamiento consiste en generar una reeducación alimentaria tomando como herramienta el coaching para generar una mayor consciencia y responsabilidad en los ámbitos de creencias, emociones y comportamientos. Las emociones juegan un papel importante y se les presta mucha atención. Otro aspecto relevante del blog es la serie de posts Diario de un gordo, en la que se narra el proceso de adelgazamiento de uno de los autores utilizando las herramientas que ellos mismos plantean. Esto dota de una gran sinceridad y humanidad al blog, que es muy de agradecer.

El Ying y el Yang de la alimentación humana

Una de las razones por las que he querido comenzar con este enlace es por lo oportuno del tema que se trata en él. Por una parte, en lo personal, ya que uno de mis principales objetivos en la actualidad es conseguir reducir mi peso y mejorar mi forma física, en tanto que considero que podría suponer una mejora significativa de mi salud.

Pero, por otra parte, creo que la obesidad como tal se está convirtiendo en un problema de enorme magnitud en la mayoría de los países desarrollados. Desde hace tiempo ya se está hablando de pandemia, hasta el punto de que se plantea que los problemas de salud derivados de la obesidad pueden hacer disminuir la esperanza de vida de las futuras generaciones. En el blog que enlazo se hablaba de cómo la obesidad se multiplica en el mundo.

Personalmente, creo que la obesidad no es tanto un problema en sí, sino un síntoma de problemas mayores. A nivel personal, la grasa que se acumula en nuestro cuerpo puede cubrir problemas como la falta de autoestima o la dependencia emocional, entre otros. Pero, si hablamos de la obesidad como enfermedad social, creo que aquí entran en juego muchos otros factores, más relacionados con la desigualdad, la explotación o la enajenación de la población mediante los placeres más básicos que se ejerce de forma intencionada.

La imagen que acompaño con este post puede ser una simplificación exagerada, pero por ello mismo, sirve para transmitir de forma eficaz esta idea. Creo que la obesidad es más que un problema de salud, es un problema de responsabilidad respecto a nosotros mismos y respecto a las personas con las que convivimos en este planeta.