Las personas somos cosas que contamos

En ocasiones, me entretengo dando un paseo mental por áreas que me son de interés. Uno de los caminos más recurrentes en estas divagaciones es el que intenta definir lo humano, lo que nos diferencia de otros animales. Es un tema clásico de la filosofía, tanto por su complejidad como por seguir sin estar del todo resuelto. Será por aquello de que las personas no terminamos nunca de conocernos, dado que nos vamos inventando a nosotras mismas, mutando aleatoriamente y adaptándonos a las circunstancias conforme transcurre nuestra propia existencia.

Pero, hace tiempo, en uno de estos paseos, llegué a una plaza donde encontré una idea que me gustó mucho. Una de estas frases capaces de sintetizar grandes parcelas de la realidad con pocas palabras, en parte, gracias a la polisemia de nuestro idioma.

Las personas somos cosas que contamos, contamos y contamos.

Primero, contamos con los dedos. O, mejor dicho, con los ojos, nuestro órgano sensorial más desarrollado. Nuestro cerebro, como el de algunos animales, es capaz de diferenciar lo mucho de lo poco. Pero conforme crecemos y nos ponemos de pie por nosotros mismos, somos mejores en diferenciar cantidades más sutiles. O agrupar la realidad en realidades múltiples diferenciadas, reiteradamente individualizadas. Nuestra capacidad para contar está ahí, en nuestra propia naturaleza. Nuestro cerebro ha evolucionado para acotar la realidad, establecer límites imaginarios y dividir el continuo de un mundo heterogéneo en items diferenciados. Cuando a esta capacidad le añadimos el lenguaje, y a cada cantidad se le atribuye un nombre y una figura, nuestra capacidad de utilizar el pensamiento abstracto se expande exponencialmente hasta llevarnos fuera de las propias fronteras de la realidad. Las personas somos animales matemáticos.

Segundo, contamos con la boca. O, mejor dicho, con la voz, llevada de la mano por la memoria que sigue el curso de una historia. De pequeños, pedimos que nos cuenten cuentos, porque es la forma en la que resulta más fácil comprender el mundo. Al mismo tiempo que nos provoca un pulso de placer estético. De mayores, nos inventamos cuentos, para nuestros pequeños o para nosotros mismos, porque nos damos cuenta de que el mundo es demasiado difícil para ser comprendido. La secuencia lineal de la historia, los arquetipos, las mitologías y, por encima de todo, las elipsis, nos ayudan a que nuestras circunstancias puedan entrar dentro de nuestro entendimiento. Es una necesidad cerebral, que ante un mundo casual, pide una lógica causal. Las historias responden a nuestra necesidad de protegernos de la incertidumbre. Y sobre ellas construimos nuestras biografías, nuestras sagas familiares y nuestras historias nacionales. Somos animales narrativos.

Y tercero, contamos con nuestra perspectiva. Ortega y Gasset lo dejó muy claro, nuestro punto de vista es único. No sólo el de la humanidad como conjunto que evoluciona generación tras generación, sino el de cada individuo que ocupa un espacio y tiempo irremplazable. Y, hasta el momento, este sistema filosófico es el mejor que he encontrado para explicar la dignidad humana. Toda perspectiva sobre la realidad tiene algo único, diferente, que descubre una visión exclusiva de la verdad del mundo. Somos humanos completos, honorables, en tanto que contamos para alguien, y nuestro valor depende de ser tenidos en cuenta. No hay humanidad sin consciencia de la propia dignidad, sin el valor que nos otorga la capacidad de sentirnos libres para influir sobre nuestras circunstancias y darle forma a nuestro proyecto vital. Pero, somos deshumanizados cuando nos incluyen en cuentas o en cuentos sin que cuenten con nosotros. Somos animales con honor.

Hoy contamos un día nuevo de un mes nuevo de un año nuevo. Yo cuento 12.579 días cumplidos desde mi nacimiento, acostumbrado hace algún tiempo a tenerlos en cuenta, cada uno con su propio número. Cuento con las personas queridas que quiero conservar en mi pequeña tribu. Y cuento conmigo para seguir creciendo y aprendiendo a contar a muchos lo que, a veces, sólo me cuento a mí mismo. Y, especialmente, cuento contigo, que me estás leyendo en este momento concreto.