El aprendizaje de desaprender

El mejor aprendizaje
no es el que venere
el pasado de nuestros padres,
sino el que construya
el futuro de nuestros hijos.

Hoy sólo comparto esta reflexión, que comprimo a modo de cita. Su génesis se ha producido durante el visionado de este vídeo, encontrado gracias a Cuentamundos.

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Siempre se puede pensar mejor

Es habitual en el ser humano
tener la costumbre de acostumbrarse.

Creemos que pensamos. Aparentemente, no hacemos otra cosa. Pero apenas utilizamos todo el potencial de nuestro cerebro. Ese potencial no se limita por ese mito del 15%, el cerebro siempre funciona de forma completa. El potencial lo limita el hábito, la costumbre. El pensamiento que sigue el mismo recorrido de neuronas, día tras días, haciendo la sinapsis cada vez más fuerte. Hasta que llega el momento, en que de tanto pensar lo mismo, nos lo creemos.

Y así vivimos, de creencias. No tengo que pensar en como funciona el grifo para creer que cuando active su mecanismo va a salir agua. Creo firmemente en el grifo, creo en que el agua saldrá inevitablemente por él. Y menos mal. No podemos vivir pensándolo todo cada vez que lo hacemos, pero tampoco sobreviviremos mucho a base de creencias exclusivamente.

Lo mas peligroso de las creencias es que estamos tan convencidos de las mismas que parece que no hay nada más allá. Hoy traigo unos ejemplos de diseño industrial que demuestran que siempre se puede pensar un poco más allá. Como el grifo que evita pérdidas de agua, que necesita ser cerrado para poder recargarse, o la silla para abrazarse, o la bicicleta sin radios ni cadenas.

Siempre se puede pensar mejor. Entonces, siempre se puede hacer mejor. Los límites están ahí, desafiándonos para que los superemos. Pero la superación de cualquier limite, la solución de cualquier problema, siempre partirá de que antes nos hayamos superado a nosotros mismos.

En la web de Yanko Design tenéis más ejemplos de innovación en diseño industrial, una buena inspiración para motivarnos a superar nuestros propios límites.

 

Mantenerse afilado: equilibrio entre preparación y acción

Un cuchillo mantiene su filo
sólo con afilado y corte adecuado.
La virtud de un guerrero es estar preparado.
La virtud de un sabio es la consciencia.

Hace poco, leía una fábula muy inspiradora entre las reflexiones diarias de Den Ming-Dao traducidas por Karin Usach.

Hay una fábula sobre un rey que estaba observando a su carnicero. Le asombraba que el hombre pudiese desmembrar un buey entero sin demasiado esfuerzo y sin desafilar su cuchillo. Buscando aprender, el rey interrogó a su sirviente, quien le dijo que su secreto era introducir su cuchillo sólo en los espacios entre los músculos, separando así el cuerpo a lo largo de sus líneas naturales. De esta forma, mientras que un carnicero ordinario tiene que afilar su hoja diariamente, él sólo tenía que aguzar su cuchillo una vez al año.

Esta fábula me remitió directamente a uno de los siete hábitos del paradigma de Stephen Covey, que recienteme estoy repasando y trabajando de cara a un nuevo proyecto que iniciaré el mes que viene: afilar la sierra. Covey hacía referencia a la importancia que debe tener en todo método de mejora personal la recuperación del desgaste que podemos sufrir en diferentes dimensiones: espiritual, mental, social o física. La metáfora del leñador que no afila la sierra es ampliamente conocida, gracias a la divulgación que se la ha dado por parte de varios autores de éxito, entre otros, Jorge Bucay.

Matanza

Sin embargo, la metáfora del carnicero amplía este concepto. La preparación no es sólo cuestión de tener el cuchillo afilado. Si sabemos dónde cortar, el desgaste sufrido será mucho menor. Sirviéndome de la metáfora, quisiera plantear la siguiente reflexión.

Si afilamos demasiado un cuchillo, veremos como su hoja se vuelva cada vez más fina, llegando a hacerse cada vez más estrecha y corta. Al afilarlo lo gastamos. ¿Acaso sucede igual con nosotros? ¿Si dedicamos demasiado tiempo para reponernos, para prepararnos, para afilarnos, acabamos gastándonos antes de tiempo? ¿Cuál sería el equilibrio adecuado entre afilado y corte, entre preparación y acción?

Si algo puede decirse del coaching, es que está prioritariamente orientado a la acción. Pero a una acción sostenible, ecológica con el conjunto de valores y principios de una persona y del entorno que le rodea. Sin embargo, el coaching no es la preparación. Esta podría realizarse en la formación, el entrenamiento físico o la práctica habitual. Entonces, ¿qué papel juega el coaching en esta cuestión de prepararse y actuar, de afilar y cortar?

Creo que si el coaching puede servir para algo es para saber dónde cortar, no afilamos el cuchillo, pero evitamos su desgaste, mejorando su rendimiento en el tiempo y el resultado de sus acciones.

Algunos de mis clientes tenían todos los recursos necesarios (preparación) para conseguir sus objetivos (acción) antes de empezar el proceso de coaching. Sin embargo, todo se hizo mucho más fácil y rápido para ellos cuando supieron donde se encontraban las líneas naturales por las que introducir el cuchillo.

Ser o no ser, el dilema del autosabotaje

Aunque estoy consiguiendo mejoras significativas respecto al hábito de dejar cosas por terminar, actualmente tengo varios libros abiertos, pendientes de ser leídos por completo. Uno de ellos es El viaje al poder de la mente, de Eduard Punset. Me está encantantando, al igual que otros que he leído como Cara a cara con la vida, la mente y el universo o El alma está en el cerebro. Personalmente los recomiendo todos.

NeuronasAl respecto de este libro, quería traer una cuestión de la que trata, la disonancia cognitiva, para relacionarla con uno de los conceptos que más se trabajan en coaching, el autosabotaje.

El autosabotaje consiste, básicamente, en aquellas acciones que realizamos, en la mayoría de las ocasiones de forma no consciente, que impiden o retrasan la consecución de nuestros objetivos. Ejemplos típicos de autosabotaje son apuntarse al gimnasio y no ir, romper el régimen cuando se quiere adelgazar, hacer cosas como ordenar o limpiar cuando se tiene un trabajo importante que empezar, mantener actitudes perjudiciales en relaciones de pareja, no tomar la medicina que te cura, postergar decisiones aun sabiendo que se pierden tiempo y oportunidades, etc.

En coaching trabajamos con la figura del autosaboteador, que consistiría en una especie de Mr. Hyde que se afana en arruinar todo aquello en lo que estamos intentando cambiar para crecer y mejorar personalmente. Al tratarlo como una persona distinta de nosotros lo disociamos para poder relacionarnos con él cara a cara. Pero en el fondo, el saboteador no deja de ser uno mismo, y la clave está en que consigamos aprender aquello de positivo que tiene que aportarnos, y que da sentido a las acciones que realiza.

Durante la lectura, descubrí un pasaje que me hizo pensar en que el origen del saboteador puede estar en la propia configuración neurológica de nuestro cerebro:

…hay zonas activas de la neocorteza cerebral que, literalmente, se bloquean cuando a los participantes en el experimento se les da información disonante, es decir, información que atenta contra sus convicciones, tanto sobre asuntos importantes como secundarios. La disonancia cognitiva es un conflicto entre dos ideas simultáneas y contradictorias que crea desasosiego y estrés en las personas. No se trata únicamente de que el cerebro sea particularmente celoso o puntilloso a la hora de tamizar y filtrar opiniones discordantes. Sencillamente, se inhiben los circuitos cerebrales implicados para que la disonancia no pueda siquiera ponderarse.

FrustraciónEsto me hizo pensar que uno de los principales frenos para poder acabar con nuestro autosabotaje puede ser la sensación de dejar de ser nosotros mismos. Aunque los cambios que deseamos hacer en nuestra vida tengan un sentido positivo y coherente con nuestros valores y aspiraciones, los surcos que han ido dejando los pensamientos recurrentes, los hábitos y los vicios a lo largo de nuestra vida, harán que nuestras acciones tiendan a recorrer los mismos caminos que en el pasado.

Incluso nuestro cerebro se puede rebelar contra nosotros, gritándonos que nosotros no somos así, que esa persona en la que queremos convertirnos no somos nosotros. Y esto puede derivar en frustración e insatisfacción. Lo cual puede ser difícil de asumir precisamente cuando se están alcanzando los primeros resultados en aquello que queremos conseguir.

El cerebro detesta, sencillamente, alterar sus costumbres porque en ello se juega la supervivencia.

O como decía Richard Dawkins, también citado en el libro:

Pautas de conducta excelentes hace miles de años, que han dejado de ser útiles y que, no obstante, siguen vigentes.

Sin embargo, el mundo en el que vivimos, sobre todo la superficie artificial de cultura y tecnología que hemos creado nosotros mismos, cambia a una velocidad aún mayor de la que lo hace nuestra propia naturaleza. De ahí la importancia de cambiar o, de como precisaba ayer Pedro Marcos, reinventarse.

Las escalas en el tiempo

El cristal del reloj se ha roto
y sólo me queda un puñado de arena
que se escapa entre mis dedos.

Viajamos a 250 Km. por segundo sin darnos cuenta. Para todos los habitantes de esta cáscara de nuez que va a la deriva en el universo, el tiempo es el mismo. Quizá algún que otro Phinneas Fogg se encuentra con que tras dar la vuelta al mundo tenga un día de propina. Pero, por lo general el tiempo pasa igual para todos. O tal vez no.

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Si bien la relatividad física del tiempo de la que hablaba Einstein no nos afecta dentro de nuestra burbuja planetaria, la relatividad psicológica si nos es mucho más cotidiana. El tiempo se acelera y se frena, se expande y se comprime a tenor de nuestras experiencias, del mismo modo que en la física haría respecto de la masa.

Cuando nuestra percepción del tiempo depende tanto del valor que ese tiempo tiene para nosotros. ¿De qué forma podríamos medirlo y utilizarlo para que nos sea útil en la consecución de nuestros objetivos?

La mayor dificultad radica que tenemos una enorme limitación natural a la hora de tomarle la medida al tiempo. Sólo percibimos aquello que se mueve a la misma velocidad que nosotros, más o menos. No podemos ver crecer un árbol ni las imágenes fijas que componen un vídeo o las alas de un colibrí. ¿Podemos, entonces, ver nuestras vidas? ¿Qué escalas utilizamos para medir nuestro tiempo?

Hoy voy a dejar la pregunta en el aire, volveré más adelante sobre esta reflexión para comentar todo lo que estoy aprendiendo en estos meses sobre organización eficaz, GTD y gestión del “tiempo”.

Terminando, lanzo una reflexión que me surge a raíz de esto último. La hora del reloj, para lo único que nos puede servir es para no llegar tarde a una cita, para poder compartir un sistema común que nos permita coincidir a unas personas y otras con mayor facilidad. La medida real que podemos hacer del tiempo es la que generan nuestros hábitos y ciclos vitales, las horas de sueño, las horas de las comidas, las vacaciones, etc…

Y respecto a aquello de que el tiempo pasa más deprisa cuando nos lo pasamos bien, una crítica constructiva. El tiempo se comprime en la repetición, pasa prácticamente imperceptible, y se expande en la creación, en aquellos momentos en que hacemos cosas nuevas, en que experimentamos una enorme creatividad, la percepción de los ciclos se hace más larga y, en consecuencia, se experimenta una vida más llena.

Es es un tema para dedicarle su tiempo. Volveremos sobre él más adelante.

Y cómo broche, una frase muy oportuna.

“La única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha.”
Edmundo Hoffens